Posteado por: vidagrata | 12 octubre, 2010

El rostro de la vida

EL ROSTRO DE LA VIDA

 

Cuando salgo a caminar en busca del vital oxígeno que en forma tan insistente demandan las células de este cuerpo madurado por el tiempo, y siempre con el deseo vehemente de lograr el fortalecimiento de estas plegadizas articulaciones tan ansiosas de lubricación, acostumbro en medio de la marcha proporcionarme también alguna recreación visual que logro conseguir en forma por demás muy placentera, cuando me ocupo en contemplar el cuerpo de tantas mujeres bellas que se desplazan por la calle con todo su donaire. Realmente es muy agradable observar esa armonía con la que oscilan sus formas delicadas, así como la belleza de una sonrisa radiante y emotiva. Pero más allá de la veneración que siento por el nutritivo ejercicio de esta contemplación de lo femenino, a mi vista también concurren imágenes muy heterogéneas de rostros citadinos que a manera de impronta dibujan ese mundo de lo anímico. La apacible mesura de los ancianos que lerdo caminan después de haber rebasado el afán de su inquieta juventud; la esmerada cautela de la nueva madre conduciendo a su bebé en el cochecito perfectamente dotado con pañalera, biberón y cremitas para el pompis; la inquieta locuacidad de los infantes que brincan y gesticulan en tanto se van desplazando por el rumbo de su juvenil insensatez; el meticuloso caballero de corbata y pelo engominado que fungiendo de hábil ejecutivo, por la calle se desplaza con paso avasallador, en tanto deja tras de sí el aroma de la colonia que después de la ducha se aplicara rudamente en los cachetes; la dulce dama embarazada que en medio de su inocultable fatiga, avanza lentamente mientras abriga la esperanza de convertirse pronto en amorosa progenitora; los jornaleros de sueldo pequeño que en su bicicleta pedalean muy temprano rumbo al trabajo, mientras exhalan por la boca todo el vapor de su locomotora corporal; la idílica parejita que en uso de su almibarada emotividad, avanza lentamente abrazada como queriendo fundirse en un solo cuerpo, al tiempo que deja ver en sus párpados meridianos el profundo letargo de su libidinosa atracción; el vendedor ambulante que pregona con los labios sedientos las bondades del producto con el que procura su diaria manutención; todos ellos dibujando con su mirada el boceto anímico de una existencia cargada de sucesos afortunados y adversos, unos rostros emulsionados con la satisfacción que se deriva de sus pensamientos gratificantes, otros con la frente arrugada y su mirada en lontananza preguntándole al destino por la esquiva prosperidad, más allá la imagen de unos ojos agotados y clementes que parecen renunciar a la posibilidad de una supervivencia digna, mientras que de otro lado se divisa el rostro lunático de quien se obstina en vivir apartado de la realidad material. Acullá diviso de momento otro rostro con una irresponsable carcajada que bien le sirve de antifaz a una posible angustia reprimida.  Y así prosigo mi caminata por este bazar de imágenes tan disímiles, cada una de las cuales queriendo mostrar en forma diáfana el resumen de su sino en esa pantalla facial que nunca miente, algunas veces con miradas agudas que delatan la introspección del pensamiento, otras distraídas como si acabaran de aterrizar en el planeta, rostros lozanos que divulgan una fresca vitalidad y otros arrugados que no ocultan su extenuante lucha con el tiempo, rostros perplejos de ver un mundo tan distinto al que alberga su arraigado anhelo, en contraste con otras expresiones colmadas por esa pletórica  satisfacción que proporciona el deber cumplido. Sigo caminando en medio de esta biblioteca orgánica atestada por documentos faciales que describen el contenido de cada tomo humano, y de mi vista no escapan ni los perros callejeros que después de husmear todos los rincones, resuelven levantar su nostálgica mirada para clamar por el mendrugo que nadie les prodiga. Así veo pasar el abigarrado carrusel de la vida en tanto me pregunto si todas estas imágenes son apenas la débil expresión de una realidad que sólo existe en esta limitada dimensión terrena, en la que cohabitan tantos sentimientos cargados con el lastre del pasado y las alas del futuro. Tal vez por esa actitud contemplativa mi cuerpo no ha tenido tiempo para ocuparse del cansancio, después de haber caminado largo rato por el sendero de mis caprichos mentales, alternando cada paso con un respiro profundo que mucho complace a mi sistema celular. Así como he podido apreciar en esta caminata muchas expresiones en el rostro de la gente, cuando regreso a casa me miro en el espejo y serenamente sonrío al ver que yo mismo poseo todos esos rostros porque nunca he sido ajeno a los vaivenes de la vida. También he flotado en la suprema dicha y naufragado en la lúgubre tristeza… cuando el miedo me ha tornado trémulo, mis defensas me han enseñado a invocar la estoica fortaleza… gracias al mal aliento que el odio putrefacto ha dejado en mi alma cuando ella débilmente se ha tornado rencorosa, he podido sentir la imperiosa necesidad de perfumarme con la exquisita fragancia del amor fraterno y también con el aroma de la dulce reconciliación… en verdad ninguna cara me es ajena porque todavía tengo el privilegio de ser un átomo actuante en este variopinto conglomerado humano… cada mañana cuando abro los ojos después de soñar en la calma del silencio nocturnal, doy gracias infinitas a la vida por concederme los mágicos sentidos que posibilitan mi frágil existencia y también por esos órganos privilegiados que tanto facilitan mi humana supervivencia. Por eso cada que pueda y mientras esta grata existencia así me lo permita, de mi casa saldré presuroso y con renovado entusiasmo a contemplar el maravilloso rostro de la vida.

Nos vemos en una próxima reflexión, justo aquí, en Vida Grata.

 

Mauricio Bernal Restrepo.

Bogotá, Colombia.

Fotografía: Renato Scatolin.


Responses

  1. Mauricio; Felicitaciones!!!!

    Que alegría descubrir tu gusto y habilidad por las producciones literarias.

    Será posible me las sigas compartiendo ?

    Abrazos,

    GLORIA RESTREPO R

    • Con el mayor gusto Glorita te sigo compartiendo las reflexiones que acostumbro insertar en esta apacible bitácora… nada que me redima tanto como la escritura por la que siento un deleite tan especial…agradezo mucho tu amable entereza y el interés que muestras por mis letras elementales. Recibe mi afectuoso saludo.


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